¿Creéis, señora, que sea posible estar enamorado a la vez de dos personas? Si alguien me hubiera hecho esta pregunta, yo habría respondido que no. Y, sin embargo, así le ha sucedido a un amigo mío, cuya historia voy a contaros para convenceros.
Generalmente, cuando se trata de justificar dos amores simultáneos, se recurre a los contrastes. Una es alta, otra es baja; una tiene quince abriles, otra ha cumplido los treinta, y, en fin, se pretende probar que dos mujeres de edad, tipo y caracteres distintos pueden inspirar a la vez dos pasiones distintas también. Para justificar mi caso, ni siquiera tengo ese pretexto en mi favor, pues las dos mujeres a que me refiero hasta se parecían un poco. Verdad que la una era casada, y la otra viuda; la una rica, y la otra pobre; pero contaban casi los mismos años y las dos eran menudas y morenas. Aunque ni hermanas ni primas, tenían cierto aire de familia: los mismos ojos negros y grandes, la misma gentileza. Eran dos hembras semejantes. No os asustéis de que las llame así. En esta historia no ha de haber ninguna mala interpretación.
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