Por Norma Morandini
Dos mujeres. Marita, desaparecida de la democracia. María Soledad, víctima del desprecio por las "chinitas". Dos historias que interpelan a los argentinos.
“Cuando el tirano cae, su poder termina. Cuando la víctima muere, su poder empieza”, es la frase guía de mi primer libro, Catamarca, que comenzó como un reportaje y se convirtió en la crónica del poder feudal de una provincia que desnudó el poder de la tragedia de María Soledad Morales. La jovencita que pasaba más horas frente al televisor que en la escuela, que soñaba con ser modelo y cuyo cuerpo mutilado, como muestra macabra de las múltiples violaciones, despertó otro poder dormido, una conmovedora gesta de mujeres, la de sus compañeras y la de la directora del Colegio del Carmen. La monja Marta Pelloni rompió con la odiosa tradición argentina de tapar los pecados de la institución religiosa donde estudiaba María Soledad y se puso al frente de una tan original como eficaz protesta: las marchas del silencio. Mezcla de procesión religiosa en una sociedad dominada por la devoción a la Virgen del Valle y de ronda muda de las madres del pañuelo blanco que en las plazas del país increpaban al poder y pedían por sus hijos en cuanto fueron abriendo para todos los argentinos demandas de verdad y justicia. Hoy la verdad es peligrosa, y por eso se la disfraza. Sin embargo, la falta de justicia sigue siendo la demanda que se grita en las plazas: otras madres que buscan a sus hijos se han agregado al repertorio de un país que ha hecho de la muerte y la violencia un rasgo de identidad.
NOVEDADES
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"FESTIVAL - LUNA DEL TAQUEÑO"
Valor de la Entrada: $ 300
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" JINETEADA EN LA LAGUNA" ...

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