Domingo Faustino Sarmiento

lunes, 8 de septiembre de 2025

Jaime Bayly - Los amigos que perdí.

Manuel es un hombre solo. Vive en una casa confortable y espaciosa en una isla vecina a Miami. Está de pie, ensimismado, mirando una piscina a la que caen lagartijas que él rescata. Espera a que suene el teléfono. Pero el teléfono no suena y no sonará. Porque Manuel ha perdido a esos amigos que quisiera que le llamen. Los ha perdido porque fue torpe y egoísta con ellos, porque se inspiró en ellos para escribir unas novelas que le hicieron famoso pero lo condenaron a la soledad, al silencio y a la indiferencia de esos amigos que ahora echa de menos. Manuel sabe que tiene la culpa de que esos amigos ya no quieran hablar con él, y por eso se aferra a la ilusión de una última oportunidad para darles una explicación y pedirles disculpas. Pero esa oportunidad no le será dada. El teléfono permanecerá mudo y él seguirá hablándoles a las lagartijas que se ahogan en su piscina. Y para no enloquecer, para expiar las culpas que lo abruman, Manuel se sienta a escribir. Les escribe a esos amigos a los que ha perdido pero que todavía viven en su memoria, en su corazón, en su imaginación. Les escribe unas cartas cargadas de nostalgia y ternura, no exentas de matices de humor, en las que intentará recordar los altibajos de esas amistades que se fueron y, al hacerlo, logrará revivir esos momentos intensos e inolvidables que dejaron un sello imborrable en sus afectos. Éstas son las cinco cartas que Manuel les escribe a esos cinco amigos del alma que ha perdido pero a quienes recupera en el azaroso territorio de la fantasía: su adorada Melanie, con quien vivió mucho más que una sana amistad; el recordado Daniel, que le enseñó a bailar, a peinarse, a visitar prostíbulos y a hacer cosas aún peores; su tocayo Manuel, que también soñaba con ser escritor; Sebastián, el actor guapo y famoso con el que vivió una aventura secreta y a quien recuerda con especial intensidad; y el ilustre doctor Guerra, pintoresco personaje de la Lima aristocrática que educó a Manuel en el amor a los libros, el periodismo y los paseos sosegados por el parque del Retiro en Madrid.

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