Desde España, donde vivió entre los seis y los trece años, el poeta intentaba forjarse una imagen de la Argentina, que había abandonado siendo tan chico. Para conformar esta visión desde la lejanía, recurre a diversas fuentes. Una de ellas es la impresión que recibió su madre cuando arribó a la ciudad de Buenos Aires.
Fernández Moreno escribe: “La primera impresión de mi madre, que tenía dieciocho años, y la de todos, fue formidable, ante aquel Buenos Aires chato de entonces, las veredas altísimas, las calles sin cloacas, así que cuando llovía se transformaban en verdaderos ríos y los transeúntes eran pasados a babuchas por alguien que se encargaba de ello. Las revueltas de la época, las calles empinadas en barricadas, las tropas que a todos les parecían siniestras después de los atildados soldados europeos. Aquellos días de lluvia interminables en que ni el pan ni la carne ni otro proveedor llegaban a las casas. En fin, los tranvías de caballos, con su cuarta y su corneta, y cuya dulce elegía a nadie he oído exhalar con tanta nostalgia como a mi madre”.
Entre aromas de café y chocolate, en una tienda de ultramarinos, le muestran un grabado: “Una tarde me dijeron: esto es Buenos Aires. Era un grabado desteñido que representaba un caserío bajo, extendido, con torres y cúpulas. Una banderita flameaba muy contenta y un largo muelle se internaba en las aguas festivas de veleros. Esta fue la primera visión que tuve de la ciudad en que había nacido”, evoca.
La comunicación epistolar contribuye a aumentar el aura de fantasía que nimba a la ciudad, tal como la ve el niño; sobre uno de sus primos y los ecos de la urbe que éste le transmite, señala: “Entre lo que me hablaban de Leopoldo y lo que él escribía relatando sus andanzas porteñas, yo lo veía como un ser fabuloso, como envuelto en un torbellino. Era el clamor mismo de Buenos Aires que llegaba hasta mi”.
De Buenos Aires le hablan también un cuadro de San Martín partiendo la capa con un mendigo, y un álbum azul, descolorido: “Era un álbum de la escuadra argentina y yo doblaba sus páginas con mucha curiosidad y respeto. Me aprendía los tonelajes, el número de cañones y los nombres de los barcos, que me sonaban un poco raros”. Confuso sentimiento le despertaba el Himno, difícil para su corta edad: “Yo debo confesar que no lo comprendía en toda su majestad, ni el por qué de aquel grito de libertad tres veces repetido, ni sabia nada del dolor y la sangre derramados en montañas y en llanuras”.
El espíritu del niño se veía invadido por dos patriotismos; evoca la situación en las líneas en las que se refiere a las banderas argentina y española: “Yo vacilaba entre las dos banderas –comenta-: la azul y blanca de mi imaginación, y la roja y gualda que veía en todas partes”.
Con estos elementos de diferente procedencia, había creado el niño la imagen de “la maravillosa metrópoli de mármol, llena de helechos y gallardetes, y donde no debía haber más que oro y plata”. Poco tiempo después, se encontraría caminando por sus calles, confrontando la realidad con la fantasía.
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